martes, 13 de diciembre de 2011

BÉSAME MUCHO!!


El último tabú
Nuestra sociedad parece muy tolerante porque muchas cosas
que hace cien años estaban prohibidas se consideran ahora
completamente normales. Pero si nos fijamos mejor, también
hay cosas que hace cien años eran normales y que ahora están
prohibidas. Tan completamente prohibidas que hasta nos parece
normal que sea así, tan normal como a nuestros bisabuelos
les debía parecer su sistema de tabúes y prohibiciones.
Muchos de los antiguos tabúes se referían al sexo; muchos
de los actuales se refieren a la relación madre-hijo, para desgracia
de los niños y de sus madres. Por ejemplo, la palabra «vicio»
se usa ahora en una forma totalmente diferente a como la usaban
nuestros abuelos. Casi todo lo que entonces era «vicio» ha
dejado ahora de serlo. Beber, fumar o jugar son ahora enfermedades
(alcoholismo, tabaquismo, ludopatía), con lo que el
pecador se ha convertido en víctima inocente. La masturbación
eI «vicio solitario» que tanto preocupaba a médicos y educadores)
se considera normal.

Hablar de vicio en cualquiera de esos casos
se consideraría hoy un grave insulto. Hoy en día, sólo se llama
 vicio a algunas inocentes actividades de los niños pequeños: «Tiene
el vicio de morderse las uñas. » «Llora de vicio. » «Si lo coges
en brazos, se va a enviciar. » «Lo que pasa es que está enviciado
con el pecho, y por eso no se come la papilla. »
Si todavía tiene dudas sobre cuáles son los verdaderos tabúes
de nuestra sociedad, imagine que va a su médico de cabecera
y le explica una de las siguientes historias:
1) «Tengo un niño de tres años y vengo a ver si me hace la
prueba del sida, porque este verano he tenido relaciones sexuales
con varios desconocidos. »
2)«Tengo un niño de tres años y fumo un paquete al día. »
3)«Tengo un niño de tres años; le doy el pecho y duerme
en nuestra cama. »
¿En cuál de los tres casos cree que su médico le echaría la
bronca? En el primer caso, le dirá «ah, bueno» y le pedirá la
prueba del sida sin pestañear; todo lo más le recordará educadamente
la conveniencia de usar el preservativo, lo mismo
que en el segundo caso le explicará que el tabaco no es bueno
para la salud (y si el médico también fuma, no le dirá
nada de nada). Nadie la increpará: «¡Pero qué descaro, cómo
se atreve, una mujer casada, una madre de familia!»
¿Y en el tercer caso? Conozco una historia real. Cuando la
psicóloga de la guardería se enteró de que Maribel estaba
dando el pecho a su hijo de dieciséis meses, la citó para explicarle
que si no lo destetaba inmediatamente su hijo sería homosexual
(uno no sabe si asombrarse más de los prejuicios contra
la lactancia o de los prejuicios contra la homosexualidad).
Como Maribel persistió en su «peligrosa»actitud, la psicóloga
llamó a su casa para hablar directamente con su marido y
advertirle del daño que su esposa estaba haciendo al hijo de
ambos.

Nuestra sociedad, tan comprensiva en otros aspectos, lo es
muy poco con los niños y con las madres. Estos modernos
tabúes podrían clasificarse en tres grandes grupos:

— Relacionados con el llanto: está prohibido hacer caso de
los niños que lloran, tomarlos en brazos, darles lo que piden.
— Relacionados con el sueño: está prohibido dormir a los
niños en brazos o dándoles pecho, cantarles o mecerles para
que duerman, dormir con ellos.
— Relacionados con la lactancia materna: está prohibido dar
el pecho en cualquier momento o en cualquier lugar; o a un
niño «demasiado» grande.

Casi todos ellos tienen una cosa en común: prohiben el contacto
físico entre madre e hijo. Por el contrario, gozan de gran predicamento
todas aquellas actividades que tiendan a disminuir dicho
contacto físico y a aumentar la distancia entre madre e hijo:

— Dejarlo solo en su propia habitación.
— Llevarlo en un cochecito o en uno de esos incomodísimos
capazos de plástico.
—Llevarlo a la guardería lo antes posible, o dejarlo con la
abuela o mejor con la canguro (¡las abuelas los «malcrían»!).



—Enviarlo de colonias y campamentos lo antes posible
durante el mayor tiempo posible.
—Tener «espacios de intimidad» para los padres, salir sin
niños, hacer «vida de pareja».

Aunque algunos intentan justificar estas recomendaciones
diciendo que es «para que la madre descanse», lo cierto es
que nunca te prohiben nada cansado. Nadie te dice: «No friegues
tanto, que se malacostumbra a tener la casa limpia», o «Irá
a la mili y tendrás que ir tú detrás para lavarle la ropa». En
realidad, lo prohibido suele ser la parte más agradable de la
maternidad
: dormirle en tus brazos, cantarle, disfrutar con él.
Tal vez por eso, criar a los hijos se hace tan cuesta arriba
para algunas madres. Hay menos trabajo que antes (agua
corriente, lavadora automática, pañales desechables… ), pero
también hay menos compensaciones. En una situación normal,
cuando la madre disfruta de la libertad de cuidar a su
hijo como cree conveniente, el bebé llora poco, y cuando lo
hace su madre siente pena y compasión («Pobrecito, qué le
pasará»). Pero cuando te han prohibido cogerlo en brazos, dormir
con él, darle el pecho o consolarlo, el niño llora más, y la
madre vive ese llanto con impotencia, y a la larga con rabia
y hostilidad («¡Y ahora qué tripa se le ha roto!»).
Todos estos tabúes y prejuicios hacen llorar a los niños, pero
tampoco hacen felices a los padres. ¿A quién satisfacen, entonces?
¿Tal vez a algunos pediatras, psicólogos, educadores y vecinos
que los propugnan? Ellos no tienen derecho a darle órdenes,
a decirle cómo ha de vivir su vida y tratar a su hijo.
Demasiadas familias han sacrificado su propia felicidad y
la de sus hijos en el altar de unos prejuicios sin fundamento.

1 comentario:

SIL dijo...

Los manuales de la crianza perfecta hacen agua cuando llegan al plano de la realidad.
Pero seguirlos, deja a las conciencias tranquilas.

El equilibrio es casi imposible.
Y los errores una parte vital de nuestra esencia.

BESOS MILLONES


SIL

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gracias a mi familia

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